Comienzo por parafrasear la carta reciente de un lector. Una carta dura, honesta, preocupada, cuyo contenido enlista lo que tiende a ocupar las primeras planas, cualquier día, y constituye un diagnóstico de lo mucho que nos aqueja:

Un multimillonario líder petrolero que viaja a Las Vegas es dueño de un lujoso departamento en Cancún, y pasea en yate con costoso reloj. Un "presidente legítimo" que habla siempre de transparencia pero puso candados a la información de los gastos efectuados en la faraónica obra del Segundo Piso del Periférico. Un senador que dice que los líos de los líderes petroleros sólo le competen a los sindicalizados de PEMEX. Un gobernador que le menta la madre a quienes no piensan como él mientras dona dinero del erario en callada complicidad con un cardenal. Unos gobernadores del PRI que condicionan su apoyo a la reforma energética a cambio de su propia tajada de recursos y contratos petroleros.

La carta concluye con una declaración de coraje, con un sentimiento de vergüenza, con la confirmación de que como México "no hay dos" y revela la desilusión de tantos ante la recesión democrática; ante una transición que ha resultado ser un fenómeno epidérmico; ante un cambio celebrado por la alternancia electoral pero manchado por las múltiples formas de mal gobierno. Policías abusivos y oligarquías rentistas y burocracias indiferentes y jueces corruptos y élites venales que desdeñan el Estado de Derecho y no le rinden cuentas a nadie. Todos los días, las páginas de Reforma están repletas de notas detallando otro abuso. Otro ejemplo de corrupción compartida. Otra muestra de extracción a costa de los ciudadanos. Otro indicador de lo que el politólogo Larry Diamond llama -en un artículo reciente en Foreign Affairs- la persistencia del "Estado Depredador".

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