JAMBELÍ, El Oro. Arena y desechos han acabado con el hábitat de los manglares y otras especies de animales
 
JAMBELÍ, El Oro.
 
Entre altos manglares con sus raíces sin vida, Segundo Zapata carga los tarros de aceites recogidos en ese lugar.
 
Centenares de zapatillas de playa, pañales, marcadores, bolígrafos, frascos de esmalte de uñas, biberones con leche putrefacta en su interior, envases de vidrio de medicinas, cebollas, focos, botellas de plástico, y miles de tarros  de aceite de uso en la cocina, carros y sobre todo en embarcaciones. Algunos tienen residuos con un olor tan fuerte que  al percibirlo provoca náusea, pica la nariz y marea. Otros están vacíos porque el mar ya los lavó.
 
Con esa cantidad de desechos en medio de miles de palos y troncos de madera se tropiezan Segundo Zapata y su hijo Carlos en cada metro de  un tramo de cuatro kilómetros de la playa de la isla Jambelí, los cuales recorren al amanecer del miércoles de la semana pasada.
 

Segundo apenas tiene segundo año de primaria, no es ecologista, ni ambientalista, pero está más comprometido con la protección de la naturaleza que muchos de ellos. Nadie le paga, tampoco tiene movilización, pero, desde hace seis meses, todos los días recorre por tramos  más de 15 kilómetros de playa de la isla con una sola misión: recoger los desechos, los más contaminantes, como tarros de aceites y químicos. El resto es imposible hacerlo solo, dice.

El interés por el ambiente no es reciente. Cuenta que siempre le gustó la lectura  de enciclopedias, que las obtuvo con la venta de morocho años atrás. Ha leído sobre historia, economía, ecología, ciencia y tecnología, aunque en las cuatro paredes destartaladas de caña que él llama casa no hay luz, agua, ni teléfono. Sobrevive con $ 25 semanales que su hija Nury, de 26 años, le envía desde Guayaquil, y con la venta de cangrejo.

A pie, como todas las mañanas, ese día sale a las  05:00 con ocho sacos. También utiliza unas cuerdas, que las encuentra por decenas de metros  esparcidas en la playa, con las que hace una especie de collar con los tarros más grandes.

Dice que sintió la necesidad de “hacer algo” porque la contaminación está acabando con peces y cangrejos, de los que él vivía. “Leí que solo una gota de aceite contamina mil litros de agua”, afirma.

Segundo ha reunido esos tarros por miles. En su casa, ubicada al sur de la isla, tiene el equivalente a siete toneladas en envases de aceites, gasolina y botellas plásticas. En cada viaje recoge de 190 a 200 libras. 

La mayoría de envases está entre las raíces de los manglares, donde cual cangrejero se retuerce para cogerlos. “Cuando veo un tarro de aceite entre el manglar me desespero por sacarlo, porque es como si lo estuviera matando”, expresa.

Los sacos se llenan enseguida y pesan mucho. Él, un hombre de 67 años, carga el equivalente a 80 libras, y Carlos, un joven peruano de 20, al que acogió desde los 8, lleva más de 100.

Conserva aún la fortaleza y ese físico que le dejó su afición por el boxeo, pero el exceso de esfuerzo ya le pasó factura con una hernia discal. El médico le prohibió cargar cosas pesadas y caminar más de un kilómetro. Él camina ocho diarios. “Qué más me queda; si dejo esto, quién lo va a hacer. Hay que actuar ya, si no qué mundo les dejamos a nuestros nietos”, se pregunta. 

Pero las consecuencias no esperan. Aquí contaminación es sinónimo de muerte. Las raíces aéreas de los manglares están más altas de lo común, al punto  que una persona puede caminar entre ellas sin problemas. Están lánguidas, resecas y difícilmente pueden sostener mangles de más de diez metros de altura, por ello muchos han caído sobre el suelo arenoso aún esponjoso que muere con cada ola de agua salada que arroja el mar. Son como unos cien metros de ancho de ese suelo, donde  ya no hay mangle en unos dos kilómetros del tramo que ese día recorrió.

En lugar del suelo lodoso con una mezcla entre agua dulce y salada, rico en nutrientes del que se alimenta, mantiene húmedas las raíces y da vida a moluscos e invertebrados, solo hay arena repleta de esos desechos. Por eso ya no hay cangrejos, conchas, ni ostiones, dice.

No solo esas especies desaparecen. En el recorrido se contabilizan 175 aves muertas, entre  piqueros de patas azules, pelícanos y alcatraces, además de peces y 5 tortugas.

Segundo está seguro de que los animales mueren por los contaminantes de los residuos de aceites que arrojan las embarcaciones  y que se acumulan en esta zona convertida en depósito natural, adonde llegan desechos de las redes fluviales, como el río Guayas.

Hasta el momento ninguna institución ha asumido la responsabilidad, dice. En el departamento de Medio Ambiente del Municipio de Santa Rosa, jurisdicción a la que pertenece Jambelí, no existe información, tampoco  estudios ni planes, salvo uno donde se prevé procesar los desechos orgánicos. “No hay recursos. Si ni un recolector de basura se tiene para Santa Rosa”, refiere Óscar López, director del departamento.

Agrega que el año pasado ya se constató la presencia de tortugas muertas, pero no se pidió investigar sobre las causas. “Ahora lo haremos”, asegura.

Segundo culpa también a los residuos químicos que arrojan las camaroneras, que ocupan el 70% de las 3 mil hectáreas de superficie que tiene la isla.

Molesto cuenta que hace unas semanas, cuando la isla fue golpeada por los aguajes, autoridades municipales y del Gobierno lo visitaron, se tomaron fotos con él junto al depósito de reciclaje y le ofrecieron apoyo, incluso una moto, pero hasta la fecha no se concreta.

Tampoco ha recibido contestación a cartas dirigidas a las autoridades locales y a Fundación Natura, quienes desconocen el tema. En la Prefectura, el funcionario Hugo Añasco confirma que sí recibieron la carta y reconoce que olvidó continuar con el trámite.

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